La esperanza: confianza que persevera en la misericordia divina

La esperanza es certeza de la salvación, y en la vida se manifiesta en distintos momentos cuya inspiración la encontramos en Jesucristo.

La esperanza, es la virtud de la “certeza” de la salvación. Y esa salvación es el objetivo final de la vida cristiana pues ella converge como don de Dios[1]. Por lo anterior, esta virtud se apoya en el auxilio omnipotente de Dios Padre, tangible en la acción misericordiosa de la Redención en Jesucristo[2]. Él es el Mesías Ungido[3], y al respecto dice Benedicto XVI: “La promesa de Cristo, no es solamente una realidad esperada sino una verdadera presencia: Él es realmente el «filósofo» y el «pasto» que nos indica qué es y dónde está la vida”[4].

La esperanza, un fundamento en Dios y no en lo visible

De este modo, la esperanza implica la fidelidad y las promesas hechas a Israel, un pueblo que hace de la certeza una espera vivida. Una en la perseverancia de la alianza, y es Yahvé quien va formando a su pueblo en esta esperanza. Se trata de un caminar de perseverancia, pero se proyecta hacia la felicidad eterna[5].    

Esta virtud teologal constituye un bien infinito para el bautizado, es un ancla en Dios y no en lo visible, en aquello detrás del “velo”[6]. Recordemos que la fe en Cristo se fundamenta en realidades divinas, es decir, en la naturaleza de Dios, pues la esperanza es algo trascendente su fin es Dios mismo: “nobis, sed non propter nos”.[7]

Por su parte, todas aquellas certezas terrenas constituyen un sin número de circunstancias cambiantes[8]. La esperanza es un hecho ya consumado, anclándose en la persona como aquello que sostiene y aferra a la acción misericordiosa y omnipotencia divina. Por consiguiente, la respuesta a dicho manifiesto en la vida del cristiano es creer en la palabra viva y encarnada. Todo en procura de acoger la voluntad divina para así alcanzar la santidad a la que se es llamado a participar como hijos de Dios y gozar de la bienaventuranza divina del Reino de Dios Padre.

Por consiguiente, la esperanza requiere la capacidad de abandonarse en la confianza hacia Dios y sus designios, los cuales se descubren en la vocación. Se descubren en la misión a desempeñar en la vida donde hemos de ser pacientes y saber “esperar”[9] las realidades futuras. Este auxilio del Padre es una gracia dada para que en ella se vislumbre el asombro por la majestad y gloria divinas. Todo ello impulsa al cristiano a realizar aquello que le sea agradable y digno de la recompensa eterna[10], realizada y, plenificada en Jesucristo, como lo expresa San Pablo: “Spe, salvi facti sumus”[11]: permitiendo perseverar en el quehacer cotidiano con todo y los retos a superar[12].

La esperanza en la vida concreta: una reflexión de San Agustín

La esperanza confronta a una reflexión interior sobre la vida y su existencia, aludiendo a un conflicto sobre el temor a la muerte. Pero también un temor a la eternidad, pues se orienta hacia el futuro. Es una paradoja de la actitud que tiene el cristiano frente a lo que anhela y lo hace preguntarse: ¿qué es la vida y la eternidad?

Ante esto, San Agustín responde:

En el fondo queremos sólo una cosa, la «vida bienaventurada», la vida que simplemente es vida, simplemente «felicidad». A fin de cuentas, en la oración no pedimos otra cosa. No nos encaminamos hacía nada más, se trata sólo de esto. Pero después Agustín dice también: pensándolo bien, no sabemos en absoluto lo que deseamos, lo que quisiéramos concretamente. Desconocemos del todo esta realidad; incluso en aquellos momentos en que nos parece tocarla con la mano no la alcanzamos realmente. «No sabemos pedir lo que nos conviene», reconoce con una expresión de san Pablo[13] . Lo único que sabemos es que no es esto. Sin embargo, en este no-saber sabemos que esta realidad tiene que existir. «Así, pues, hay en nosotros, por decirlo de alguna manera, una sabia ignorancia (docta ignorantia) »”[14].    

Es por ello por lo que la esperanza, se convierte en confianza, algo fundamental en la oración. En la reflexión del pasaje bíblico de Marco sobre Bartimeo[15], el Papa Francisco en su catequesis sobre la oración dice de ésta que es: “el aliento de la fe, como el grito que sale del corazón de los que creen y confían en Dios”. Indistintamente del credo que se profese, este “grito” que germina en el corazón de cada persona es esperanza.

La esperanza y sus cualidades en la oración

Esa esperanza que germina en el corazón tiene como cualidades la humildad ante la fragilidad humana[16], y una constante sed de Dios[17].

Por consiguiente la oración es una espera que busca una Voz que clama al llamado de esa confianza en Dios. Oración que se convierte en profesión de fe dispuesta a la escucha. En el pasaje del Evangelio, Bartimeo representa la perseverancia ante la oración. Con su grito, se hace escuchar la voz, que clama compasión de Dios, es decir la misericordia, suplicando la gracia. El orante, incluso en los extremos de la desesperanza como en el caso de la soledad, entra en diálogo con Dios. Se convierte en una fuerza de esperanza, por eso San Agustín define la oración como:

“Un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. «Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]».”

El acto de orar es un espacio que hace a la persona “capaz para Dios”, pues la oración es el espacio de purificación interior. Es un lugar de felicidad en comunión con el Padre y un instructivo que escruta la escucha y la esperanza, porque se aprende a discernir. Se aprende cómo escuchar la voluntad divina y, las verdaderas esperanzas, distintas a los propios deseos banales:

Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre a reconocerlas también. «¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta», ruega el salmista[18]. No reconocer la culpa, la ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva, porque la ofuscación de la conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es culpa mía. Si Dios no existe, entonces quizás tengo que refugiarme en estas mentiras, porque no hay nadie que pueda perdonarme, nadie que sea el verdadero criterio. En cambio, el encuentro con Dios despierta mi conciencia para que ésta ya no me ofrezca más una autojustificación ni sea un simple reflejo de mí mismo y de los contemporáneos que me condicionan, sino que se transforme en capacidad para escuchar el Bien mismo”.[19]

Al orar, la persona se introduce en el misterio misericordioso de Dios, y por tanto, es una invitación a dejarse envolver por su ternura. Esto es lo asombroso de la oración: un Dios Padre que acompaña a la espera del encuentro.

¿Hacia un porvenir ilusorio o hacia un porvenir feliz?

Es propio de la naturaleza humana que en este caminar de la vida surjan las preguntas existenciales. Esas preguntas de las que provienen todas sus contradicciones y esperanzas, donde de alguna manera se desea la vida plena. Una vida ininterrumpida por la muerte, pero al mismo tiempo genera temor el no conocer eso a lo que el ser humano se siente impulsado. Es decir, a la trascendencia; es una realidad para la persona, que provoca la desesperanza en la experiencia de vida terrenal. De cierta manera conduce a un apego de lo que se conoce y ama aunque sea un andar fatigoso, propiciando así un vacío existencial.

Se cede así a la gran mentira del pecado, trasgrediendo la relación con Dios; una desviación e impiedad hacia la realización del ser humano. Como imagen y semejanza del Padre, el ser humano se desencadena diversos agobios tales como: la alienación, la pobreza, la opresión etc.[20]. Consecuencia de ello es la condenación de la muerte, como resultado del sometimiento al Maligno, consumándose así una ausencia de esperanza. La doctrina paulina expone que la amarga experiencia del pecado suscita la exaltación de Dios disponiéndose por ende a la conversión del corazón[21].

Por medio de la elaboración de un juicio de la propia conciencia es donde se asume la responsabilidad de la falta cometida. Todo bajo la guía del Espíritu Santo, quien ilumina la verdad sobre el pecado, pero a su vez da la certeza de la esperanza otorgada en la redención de Cristo, que purifica y dignifica[22]. Es por este motivo que la esperanza realizada en Jesucristo enseña que la plenitud de la vida eterna conduce a abrazar la totalidad del amor. Conduce a “sumergirse en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”[23]. Este es el objeto de la esperanza cristiana, lo que se espera d nuestro ser con Cristo[24]         

María, lucero de esperanza

María es corredentora de la humanidad, por tanto, mediadora universal de todas las gracias. Esta es la razón por la que se le otorga el título “María, spes nostra, salve”. El andar del ser humano por la vida se convierte en un viaje por la historia, en el cual muchas veces se ensombrece el rumbo.

Por esa razón se busca en aquellos “astros”, que puedan iluminar ese caminar:

“Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él se necesitan también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su «sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros? [25][26].

María es por ende, imagen de la “esperanza”; ella “esperó el consuelo de Israel[27], al igual que Simeón y Ana esperaron “la redención de Jerusalén”[28]. Por el “fiat” de María, la espera en las promesas hechas a Abraham y sus descendientes[29] se hacen esperanza tangible. Se hacen esperanza en la Encarnación de Cristo al pronunciar: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”[30]. En su seno germina “la semilla de la esperanza”, manifestación de la majestuosidad y grandeza de Dios Padre.

La maternidad divina de María, signo de esperanza

La misión de María no culmina en este acontecimiento redentor, sino que a los pies de la Cruz. Ahí recibió las palabras del Señor: “mujer ahí tiernes a tu hijo”[31]. Por eso, su maternidad abraza a todo aquel que tenga esperanza en Jesucristo, y se convierte por ende en el lucero del mundo. Todo en medio del dolor que traspasa su corazón al ver a su Hijo crucificado[32]. Pero más allá de eso, es luz de esperanza en la vigilia del Sábado Santo, resplandeciendo en medio de la oscuridad con firmeza a la espera de la alegría de la Resurrección. Inspira así ser el lucero que no se apaga nunca a pesar de las tinieblas y, esa actitud permitió que en torno a ella, los discípulos se congregaran a su alrededor para reafirmar su fe en la espera del Espíritu Santo[33].

La vida de María se rige por la oración, pues ella vive en la contemplación de la espera del designio divino. Designio que se revela finalmente en la Anunciación[34], momento de gozo en toda la Creación gracias a su apertura de corazón. Esta permitió la realización del plan de salvación y su humildad ante la voluntad divina es acogida sencilla del clamor de tantos que esperan. Tantos que esperan en el amor del Señor. Su fortaleza en la oración le permite rechazar el temor a pesar de las pruebas a enfrentar porque se abandona en la confianza absoluta. Se sabe acompañada de Dios en todo momento, de esta misma manera la vida orante de María acompaña a su Hijo Jesús, hasta la muerte y su Resurrección.

La compañía esperanzadora de María en la Iglesia

El acompañamiento de María se extiende a los primeros pasos de la Iglesia naciente[35]. El obrar del Espíritu Santo en ella la convierte en Madre de Jesucristo y en Madre de la Iglesia. Por consiguiente, ella reza con y por Jesús y sus hijos adoptivos una oración silenciosa: “En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos”[36].

La persona creyente puede definir la oración como una sinfonía de amor, armonizada por un abrazo que surge en la contemplación y la alegría. Esa alegría del encuentro de dos amantes que dialogan en el silencio, preludio a la esperanza de degustarse en gozo y felicidad plena. Pero esta espera exige de la persona una metanoia, que implica una modesta apreciación de su ser como persona e hijo de Dios. Es decir, como un ser virtuoso en la humildad, la cual se cultiva en la oración, contemplando la Cruz. A su vez, con el auxilio del Espíritu Santo y meditando la Palabra de Dios, ella hace comprender al cristiano la grandeza y majestad de Dios ante la pequeñez humana. Se entiende qué es aquello que realmente tiene valor para la vida, aquellos bienes a los cuales se aspira en la esperanza, los bienes del Reino de Dios.

Reflexiones finales

En el silencio de la oración personal; en ese instante de recogimiento hay que plantearse la siguiente cuestión: ¿en qué se anclan las aspiraciones de la vida? ¿en las propias ambiciones o en los anhelos de Dios Padre? La esperanza no es un consuelo ante los sufrimientos sino que es un ancla que nos sostiene con firmeza. Siguiendo el modelo de María y Bartimeo, levantan la voz con un “grito de fe”, ante la esperanza de Cristo. Él, como el Sumo Sacerdote que nos espera en el Templo Celestial. Que se abrace la esperanza y se persevere en la fe, haciendo eco del amor de Dios en la vida. Hay que crecer en el saber de la misericordia, más no en la ignorancia de la bondad, pues ninguna senda tiene un día nublado eternamente. Ni hay noche sin amanecer; el Sol siempre irradia, y la vida del cristiano siempre tiene que resplandecer como testigo y testimonio de la luz de Jesucristo[37].

[1] 1 Tim 18, 19.

[2] Mt. 19,21 y 29; I Cor. 9,24; 2 Cor. 4,17; Eph. 1,18; Col. 3,24; 2 Tim. 4,8

[3] cf. CEC n. 436.

[4] cf. BENEDICTO XVI., “Carta Encíclica Spes Salvi”, Roma, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre 2007, n. 8.

[5] cf. CEC n. 64.

[6] cf. Heb 9, 12

[7] CF. 2 Co 4, 8-18.

[8] cf. Jer  17, 5-6.

[9] cf. Heb 10, 36. 39

[10] 1 Pe 3, 15

[11] Rom 8, 24

[12] cf. 1 Tes 4, 13.

[13] Rm 8,26

[14] Benedicto XVI., “Carta Encíclica Spes Salvi”,Roma, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre 2007, N. 11.

[15] Mc 10, 46-52

[16] CEC n. 2559

[17] CEC 2560-2561

[18] Sal 19[18],13

[19] Cf. Benedicto XVI., “Carta Encíclica Spes Salvi”, Roma, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre 2007, n. 32-34.

[20] cf. Dt 27, 15-26.

[21] cf. Lc 13, 3.5

[22] cf. CEC n. 1847-1848.

[23] Benedicto XVI., “Carta Encíclica Spes Salvi”, Roma, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre 2007, n. 12.

[24] cf. Jn 16, 22.

[25] cf. Jn 1,14

[26] Benedicto XVI., “Carta Encíclica Spes Salvi”, Roma, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre 2007, n. 49.

[27] Lc 2, 25.

[28] Lc 2, 38

[29] cf. Lc 1, 55.

[30] Lc 1, 38.

[31] Jn 19, 26.

[32] cf.  Lc 2, 35.

[33] cf. HCH. 1, 14.

[34] LC 1, 30-31.38.

[35] cf. Hch. 1, 14.

[36] CEC n. 2617.

[37] “Pongo mi arco en las nubes y servirá de señal de la Alianza entre Yo y la Tierra. Cuando yo nuble de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes” (Gén 9, 13-14).