Las parábolas de Jesús desde su sentido germinal
El tiempo transcurrido en mis estudios cada día me regala la certeza de que no nos reducimos a lo que hacemos o decimos, sino que somos mucho más que eso.
Somos un misterio abierto a lo trascendente. En palabras de San Ignacio de Loyola sería: “No el mucho saber harta y satisface al anima, más el sentir y gustar de las cosas internamente.”[1]. Porque hoy vivimos en una sociedad que nos estimula para vivir de todo, experimentar de todo, probar de todo; a estar constantemente cambiando de cosas. Es una búsqueda de más y más en una especie de ¿ahora qué?. Es un hambre de emociones y vivencias, que quizás encontraría una respuesta distinta si fuéramos capaces de no responder a eso por acumulación, por la suma de cosas, si fuéramos capaces de dedicarnos a ir al fondo para disfrutar, entender, y evaluarlas.
Por eso, si queremos conocer lo esencial del seguimiento de Jesús, vale la pena detenernos en la pedagogía liberadora de las parábolas, pues responden a una interrogante, enfrentan un problema o dan a conocer un nuevo matiz del Reino de Dios en medio del pueblo. Tratan de hacer inteligible la experiencia interior de Dios y de su actuar.
Es así como las parábolas del Señor no solo nos comunican algo, sino que nos enseñan a reconocer en las cosas sencillas el misterio que se oculta. A pesar de que cada una toca solo un punto del Reino de Dios, la suma de todas ellas nos hace un verdadero tratado del mismo.
Cuidar y cultivar, dos aprendizajes en el camino del discipulado
Entremos en la dinámica del Reino desde su sentido germinal, bajo los verbos cuidar y cultivar. Al escuchar la palabra “cuidar” en el acto aparece un personaje: el samaritano (Lc. 10, 33-37) al que San Lucas le da el verbo “cuidar”; le dice al posadero “cuida de él” y al pronunciar la palabra “cultivar”, aparece la imagen del sembradorr (Mt. 13, 1-23).
La parábola del buen samaritano es una de las más conocidas y con ella podemos descubrir que junto al hombre herido y el samaritano que lo atendió, los personajes que pasan de largo, aparecen, casi en la penumbra y en el silencio, una posada. Muy pocas veces pensamos en la labor del posadero que aparece en la parábola. Así lo presenta el sacerdote Juan Antonio Vives:
«El samaritano tuvo para el hombre herido al borde del camino el gesto misericordioso de pararse junto a su dolor, cargarlo sobre su caballería, llevarlo hasta la posada y adelantar un dinero para el pago de los gastos. Pero fue el posadero el que se encargó después de cuidar, curarlo, atenderlo y acompañarlo en su restablecimiento fiado en la promesa de que aquel extranjero le pagaría lo que gastase de más con el enfermo. El samaritano es ciertamente el protagonista del relato evangélico, pero su labor de ayuda al necesitado no hubiese sido completa sin la colaboración del amo de la posada, ese personaje casi perdido en la penumbra de la historia.»[2]
Por otra parte, y en su Encíclica Fratelli Tutti, el Papa Francisco plantea algo que podemos tomar en cuenta:
«El samaritano buscó a un hospedero que pudiera cuidar de aquel hombre, como nosotros estamos invitados a convocar y encontrarnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades; recordemos que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas» Renunciemos a la mezquindad y al resentimiento de los internismos estériles, de los enfrentamientos sin fin. Dejemos de ocultar el dolor de las pérdidas y hagámonos cargo de nuestros crímenes, desidias y mentiras. La reconciliación reparadora nos resucitará, y nos hará perder el miedo a nosotros mismos y a los demás.»[3]
Redes de cuidado que van tejiendo la fraternidad universal
El cuidado implica también poner todo lo nuestro a disposición del otro, como el samaritano: todas sus posesiones aceite, vino, cabalgadura y dinero. En el encuentro con el posadero, el samaritano activa en él la semilla del cuidado, y se hace cargo del herido arriesgando en su cuidado, sin poner condiciones. Tampoco él se desentiende del herido, sino que lo acoge en la posada y se hace cargo, curando sus heridas, sacándolo de las afueras y ofreciéndole hogar, en colaboración con el samaritano. El Papa Francisco por eso plantea que: “Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. Este es el sueño: una única humanidad, caminantes de la misma carne humana, hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos.”[4]
Por esto se hace necesario devolver la mirada al cuidado; a esa delicadeza donde se vuelve acción la dinámica de projimidad. Es allí donde aprendemos a tener un ritmo de projimidad. El Reino de Dios, visto desde esta parábola, es esa realidad que quiere seguidores absorbidos de tal manera por la belleza de lo sencillo, de aquellos actos pequeños que no los detiene ninguna ley humana, ni ningún interés personal, simplemente es movido por un amor libre y totalizante. Es aquí donde descubro la pedagogía liberadora del Reino.
El cuidado nos libera del legalismo y nos hace prontos al amor
Esta perspectiva es muy válida en el pensamiento de Gabriel De la Torre, quien afirma que:
«El contexto, pues, en que nació la parábola del Buen Samaritano era el de la ley de la pureza legal y la ley de la propia necesidad, que muchas veces impiden la práctica del amor. Jesús hizo una propuesta de verdadera moral, desde la «ilegalidad», ya que la «legalidad» estaba corrompida. Y la hizo desde quien no tenía ataduras legales. El legalismo convertía en mentira toda propuesta que se hiciera desde la ley o desde los legales. Un Samaritano, libre del legalismo, era el mejor protagonista para demostrar que la moral del Padre Celestial era todo lo contrario a la moral oficial y que el amor o la solidaridad para con el hermano necesitado seguía siendo el único medio para demostrar el mandamiento del amor para con el Padre.»[5]
La parábola del sembrador es como la madre de todas las parábolas; es la más larga y la que más conocemos y estamos acostumbrados a leer, siempre en cuatro partes: la semilla que cae en el camino, la que cae entre piedras, la que cae entre espinas, y la que cae en buena tierra. Pero esta vez será necesario leerla de otro modo, teniendo en cuenta las leyes de la retórica.
En relación con esto, deseo compartir una reflexión de la profesora Dolores Aleixandre, tomada de una conferencia a la que no pude asistir personalmente. Llegó a mí mediante las cuidadosas notas de una hermana presente, y la presento tal como fue pronunciada, consciente de que su fuerza proviene del instante en que fue dicha:
«En el Evangelio de Marcos esta parábola va precedida de situaciones donde aparecen ya conflictos, donde hay abandono, críticas, decepción, entre otros, entonces esos detalles nos permiten pensar cómo se encuentran los discípulos. Posiblemente tienen ya, tras un tiempo de vida pública de Jesús, preguntas: esto no avanza, el Reino no se abre camino fácilmente, siguen siendo pocos, algunos empezaron ya a protestar. Hay en ellos ese mismo talante de perplejidad, cierta decepción, preguntas, y justo a esto responde la parábola, que está contada en tres tiempos y uno más. Los tres primeros tiempos es como si Jesús va dando la razón a las dudas: “de acuerdo, ya sé que hay gente que no entra, ya sé que hay piedras duras, incapacidad, obstáculos que no dejan que mi palabra crezca, ya sé que hay zarzas, espinas, preocupaciones por el dinero, por el trabajo, que no dejan espacio a la confianza”. Pero ¿qué me decís cuando cae en buena tierra? Y la semilla da el 30, el 60, Le podemos preguntar a un ingeniero agrónomo y nos dirá que un 10% es muy buena cifra. Estamos en una clave de la abundancia mesiánica, de la exageración, del desbordamiento. Estamos ante un signo que quien lo lee en esa clave se da cuenta de que no está hablando de kilos ni de cantidad, sino que está diciendo que allí donde se hace presente Dios se produce un desbordamiento, una amplitud, una sobreabundancia. El ciento por uno nos pone delante algo que podemos llamar la gran confianza de Jesús. Jesús está habitado por esa confianza profética de que la Palabra se abre camino, la capacidad indestructible de la semilla, la fuerza de Dios. Aquí es donde apoyamos la disidencia, hay una fuerza de la Palabra que trasciende nuestros límites.»[6]
En esta dinámica de la fuerza de la semilla que nos presenta Dolores, también puede verse reforzada por el aporte de Gabriel De la Torre, quien complementa la profundidad de este artículo:
«La doble mentalidad que anida en nuestro interior: la mentalidad que busca lo cuantitativo, sacrificando la calidad vs. la mentalidad que busca lo cualitativo, sacrificando cantidad. Debemos definirnos por lo más cercano a Jesús. Esta parábola del sembrador nos dice que el Reino de Dios es esa realidad cuyo valor se mide no tanto por lo numérico, como por la variedad cualitativa que florece en él, así ésta sea cuantitativamente pequeña.»[7]
Es allí donde somo invitados a construir el Reino; en lo que aparentemente fracasa. Si tuviéramos una conversación con quien cultiva la tierra, nos sorprendería que muchas veces cultivar, supone fiarse de la fuerza de la semilla, aunque no se vean los resultados.
Cultivar es un verbo propio del discípulo, porque se requiere muchas veces tener que asumir la lentitud de los procesos y esto, en contraste con este mundo tan frenético, se convierte en una antítesis que desafía nuestra lógica de la inmediatez. El Reino no se impone con ruido ni con cifras; se gesta en el silencio de lo oculto, cultivar exige confianza, paciencia, pero sobretodo esperanza
Cuando en este seguimiento aprendamos a cultivar desde la lógica de las parábolas, aprenderemos a ser discípulos que reconocen que el verdadero crecimiento es obra del Espíritu, entonces nuestra tarea es preparar el terreno, cuidar que la tierra no este seca, o ahogada por espinos y luego dejar que el misterio haga su trabajo. Cultivar es un acto de fe y de humildad.
Finalmente, no olvidemos que cultivar tiene que ver con esto: adaptarse al ritmo del otro y saber llevar un ritmo de projimidad incluso con nosotros mismos.
[1] Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, anotación 2, ed. Cándido de Dalmases (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1991), 22.
[2] Juan Antonio Vives, De Jerusalén a Jericó (Masamagrell, Valencia: Martín Impresores, 1985), 17.
[3] Francisco, Fratelli tutti [Carta encíclica sobre la fraternidad y la amistad social], 3 de octubre de 2020, Vaticano, § 78.
[4] Francisco, Fratelli tutti, § 8.
[5] Gabriel de la Torre, Las parábolas que narró Jesús (Quibdó, Chocó: Ediciones Fundación Universitaria Claretiana [FUCLA]; Centro Bíblico “Camino” Misioneros Claretianos, 2009), 128.
[6] Dolores Aleixandre, en una conferencia no identificada, notas de la autora.
[7] De la Torre, Las parábolas que narró Jesús, 143.
La Hna. Beatriz Quintero Pérez es religiosa de la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. Su misión se desarrolla principalmente en el ámbito de la educación y la pastoral juvenil, como docente de Educación Religiosa y acompañante de procesos de formación humana, espiritual y evangelizadora con adolescentes y jóvenes.

