¿Qué es el recogimiento espiritual y por qué es indispensable?
Sin recogimiento interior no es posible vivir en una verdadera comunión con el Altísimo. No hay forma, ni atajos posibles.
El recogimiento espiritual es una de las realidades más importantes y menos comprendidas de la espiritualidad católica. Sin recogimiento interior resulta difícil desarrollar una auténtica vida de oración y crecer en la unión con Dios.
Los santos, místicos y grandes teólogos han insistido durante siglos en que el recogimiento constituye una condición indispensable para la vida espiritual. Pero, ¿qué es exactamente el recogimiento espiritual y cómo puede cultivarse en el mundo actual?
¿Por qué entonces, es tan poco enseñada hoy en día en la Iglesia? Porque en la mayoría de los casos, ni siquiera se cuenta con las personas formadas para enseñarla.
Vivimos en una época en que la oración, entendida como encuentro íntimo y profundo entre el alma y Dios, se ha convertido en un lujo.
Un lujo para unos cuantos y por tanto, el recogimiento que es tan necesario para que la oración siquiera sea posible, es aún más escaso.
No obstante, Nuestro Señor Jesucristo nunca previó que fuese así, al contrario. A lo largo de toda su enseñanza es constante el principio de que la oración es para todos.
Pero para todos aquellos que realmente anhelan alcanzar una vida espiritual plena, profunda y santa.
Por ello, es necesario conocer y comprender qué es entonces el recogimiento, y por qué es indispensable para avanzar en el trato con Dios.
Nociones básicas del recogimiento y su importancia
Tanto en la tradición grecolatina como luego en la tradición cristiana, la palabra “recogimiento” proviene del latín recolligere, que significa “volver a juntar lo separado”.
Su peso en la historia de nuestra civilización apenas está comenzando a conocerse, pues atraviesa siglos y generaciones de hombres y mujeres deseosos de conocer el sentido de la vida.
Por eso vale preguntarse, ¿qué es el recogimiento? En palabras simples, es la capacidad del alma para sustraerse de la realidad exterior y centrarse plenamente en su interioridad. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿es la interioridad?
En este mundo tan acelerado y sumergido en el consumo de bienes y placeres, hablar de la interioridad pareciese ser algo propio de trasnochados, bohemios sin patria o reaccionarios de catacumba.
A lo sumo, es algo propio de nostálgicos de lo eterno, y eso somos todos, sin excepción. Porque descubrir nuestra propia interioridad es aquello que nos salvará de la vorágine sin sentido de la cultura actual.
La interioridad es el misterio insondable que habita en todo ser humano; aquello que nos hace ser imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27). Sin embargo, justamente por eso no nos corresponde controlarla; acá no entra la lógica mundana de controlar e instrumentalizar para complacer a nuestro ego.
Cuando hablamos de interioridad, esta se descubre, ante todo, para ser transformados por la gracia de Dios. Este es el sentido profundo de aquello que los santos de la Iglesia llaman la vida oculta.
La naturaleza y dinamismo del recogimiento
Con base en lo anterior, podemos captar entonces que el recogimiento es aquella capacidad que nos lleva a la interioridad, en tanto esta es la dimensión del ser por excelencia.
Es lo silencio y lo sagrado en nuestras almas; donde se da lo que el Padre Lagarraña llegó a llamar “el encuentro de consciencia a consciencia”[1], al referirse al trato del alma con el Altísimo.
Incluso pensadores modernos y seculares tan disímiles a la fe católica como Schopenhauer, Nietzsche o Jung llegaron a vislumbrar esta verdad. Jung, por ejemplo, llegó a afirmar que: “Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.”[2]
En nuestra época moderna, infestada de antropocentrismo y enferma de vacío existencial, hasta sus grandes representantes intuyeron lo crucial que es vivir hacia adentro.
De ahí que el recogimiento puede también entenderse como una cualidad o un hábito que se va desarrollando conforme a nuestros propios esfuerzos, pero también conforme a la gracia divina.
Así, el alma que busca desarrollar el recogimiento y más aún, vivir recogida, se aboca a una tarea realmente intensa y desafiante.
Porque se trata ante todo de reestablecer el orden y el equilibrio que fácilmente suelen perderse cuando nos enfrascamos en los asuntos del mundo. No es fácil acometer esto como podrá imaginarse.
En este sentido, pasar del mundanal ruido exterior al silencio interior del recogimiento requiere el ejercicio continuo de la voluntad. La voluntad de adentrarnos en nuestro propio misterio, reflejo del misterio divino.
El recogimiento en la vida espiritual
La vida espiritual es la vida divina en nosotros. Así lo sostiene la Sagrada Tradición de la Iglesia sobre este punto, finamente sintetizado por el teólogo español Antonio Royo Marín[3]. A diferencia del sentimentalismo religioso de la mentalidad moderna, que suele reducir la vida espiritual a meras experiencias personales, esta es una realidad ontológica y objetiva en el alma.
En otras palabras, una persona puede, por ejemplo, estar experimentando una honda aridez, desolación o tristeza, que su vida espiritual con Dios puede estar en los niveles más altos de santidad. ¿Cómo es posible esto? Porque el alma se mantiene fiel a Dios en el recogimiento. Vive hacia adentro en un continuo trato amoroso con Dios, independientemente de las circunstancias.
Si lo llevamos a su máximo potencial y esplendor, el recogimiento es en realidad el santo remedio para todos los males del ser humano de hoy. Es el antídoto radical contra las grandes patologías espirituales, psíquicas y existenciales de la modernidad.
En un alma recogida las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, florecen hermosamente, como la rosa del desierto[4], o la conocida rosa de Sarón[5]. Dado que la fe es una virtud teologal por la cual nos adherimos a lo que Dios ha revelado, el recogimiento potencia la experiencia interior de dicha revelación.
La esperanza, a su vez, nos mueve a confiar con plena certeza en que alcanzaremos la vida eterna. El recogimiento potencia esta virtud al darnos la lucidez de reconocer que solo Dios basta, y que poner las esperanzas en lo mundano no es sino triste insensatez.
La caridad, por su parte, en tanto es la más importante y excelsa de todas las virtudes, nos mueve a amar a Dios por Él mismo y al prójimo por amor de Dios. El recogimiento no hace sino purificar dicho amor. Entendamos que, si el alma vive dispersa en múltiples distracciones, ocupaciones y placeres, el amor inevitablemente se enfriará, y es ahí donde se origina el vacío existencial.
Es así como el recogimiento nos sitúa cara a cara con Dios en lo profundo de nuestras almas, a eco, por ejemplo, del trato de Moisés con el Altísimo (Ex 33,11), o de Jesús (Jn 1,18).
¿Cómo vivir recogidos? Hacia la vida mística
Si comprendemos entonces la crucial importancia de vivir recogidos; de transcurrir en este mundo en un continuo trato con el Insondable, llegamos a la pregunta clave: ¿cómo vivir recogidos? Tres prácticas básicas son claves para desarrollar esta capacidad conforme a la gracia para comenzar a transformar nuestra vida espiritual y llegar a la vida mística.
1. No disiparnos ni derramarnos hacia lo exterior. Ya sean los asuntos familiares, laborales, académicos, entre otros, evitemos que las responsabilidades de cada día no nos consuman por completo; que no nos drenen la vitalidad. A su vez, implica también el aprender a no apegarnos a los placeres y las distracciones del mundo.
2. Buscar espacios de silencio y soledad. En Psicología esto tiene un nombre muy revelador: solitud. La solitud es el estado voluntario de aislamiento y silencio tanto físico como mental cuyo fin es el de apartarnos del ruido exterior para volver al interior.
A diferencia de la soledad física y sobre todo la emocional que ocasiona tanto sufrimiento, la solitud es una soledad positiva, fructífera. Así entonces, desde nuestra fe, es habitar nuestro presente desde lo divino.
Santa Catalina de Siena solía referirse a esto como la «celda interior del conocimiento de sí misma y de Dios»[6], un rincón del alma al que se puede acudir para estar a solas con el Huésped Divino.
3. Dedicarse asiduamente a la oración. La práctica que integra las dos anteriores de forma plena y sublime. Sin la oración, el recogimiento se vacía de su dimensión sobrenatural, degradándose a ser un mero intimismo, egolatría o un estéril individualismo.
De ahí el que sea indispensable orar todos los días, continuamente. No significa esto que haya que dedicar largos espacios a la oración; es un hecho que la mayoría de las almas no tienen el tiempo ni las posibilidades para eso, ya sea por una ajetreada vida familiar o laboral.
Sin embargo, y aunque la vida esté poblada de múltiples ocupaciones, sí se puede orar continuamente a lo largo del día en pequeños momentos, con una intención lo más consciente y profunda posible.
Padres de la Iglesia como San Juan Crisóstomo se referían a esto al comentar la vida cristiana: «No digas: “No puedo rezar porque tengo que atender mis asuntos”. Precisamente mientras atiendes tus asuntos puedes rezar.»[7]
Es así como se pasa del habitar nuestro presente, a dejar que sea Dios quien lo habite plenamente. Es así como nos convertimos en un templo vivo donde habita la Santísima Trinidad.
Por ello, el alma que no cultiva el recogimiento difícilmente podrá vivir la inhabitación trinitaria. Esto vale para quienes son laicos, sacerdotes o religiosos. En tanto seres humanos, llevamos en nosotros ese potencial, pero si hemos sido bautizados, estamos llamados a eso.
Referencias bibliográficas
[1] Puede consultarse esto y más en Ignacio Larrañaga, Muéstrame tu rostro: hacia la intimidad con Dios (Madrid: Ediciones Paulinas, 1979).
[2] Carl Gustav Jung, «Carta a Fanny Bowditch, 22 de octubre de 1916», en C.G. Jung Letters: Volume 1, 1906-1950, ed. Gerhard Adler y Aniela Jaffé, trad. R.F.C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1973), 33.
[3] Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2018.
[4] La Adenium obesum, originaria de África y la península arábiga, es capaz de almacenar agua en su tronco grueso y despuntar con grandes flores en forma de trompeta de colores rosas, rojos y blancos.
[5] Bellamente descrita en Isaías 35,1, la rosa de Sarón es uno de los grandes símbolos de la esperanza.
[6] Catalina de Siena, El diálogo, ed. e intr. Jacinto de Castro (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2002), cap. 1.
[7] San Juan Crisóstomo, «Homilía IV sobre Ana», 4, en Obras de San Juan Crisóstomo, vol. II (Madrid: BAC, 1955), sección 4.
Máster en Estudios Teológicos y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de Costa Rica. Fundador y Director de Plenitud del Misterio. Ha brindado formación en teología, mística y espiritualidad, hasta la investigación científica. Como laico, esposo e hijo de familia, se dedica a desarrollar su vocación de servicio a las almas.
