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Hay que recordarlo: la teología estudia lo insondable

¿Se puede conocer a Dios? Sí, pero hay que recordarlo: la teología estudia lo insondable. Hay que aceptar que Él es ultimadamente un misterio. En ello se funda la teología.

El Pseudo Dionisio Areopagita, uno de los más grandes teólogos y místicos del primer milenio cristiano, solía algo conturbador. Para alcanzar a Dios es necesario dejar a un lado las certezas que dan los sentidos y el mismo intelecto.

Lo constatamos en su sorprendente afirmación: “Te ruego que dejes a un lado los sentidos y las operaciones intelectuales […] para que así te eleves, tanto como te sea posible, hasta unirte en el no-saber con Aquel que está más allá de todo ser y de todo conocimiento.”[1]

Es en el No-saber, y no en el saber como tal, como se llega al Altísimo; con esta afirmación el teólogo bizantino dio el impulso definitivo a la llamada teología negativa. Es de tener presente que en teología existen dos grandes formas de tratar sobre el misterio de Dios: la catafática y la apofática. La herencia cultural griega y el bellísimo puente que esta constituye para la expresión de la verdad cristiana resalta a toda la luz.

La palabra “catafático” proviene del griego καταφατικός (kataphatikós), derivado del verbo κατάφημι (katáphemi), que significa «afirmar» o «decir sí». Este término se forma con el prefijo intensificativo κατά (katá) y el verbo φάναι (phánai), que significa «hablar». Ahora, si lo traducimos al ámbito del pensamiento, este camino teológico utiliza afirmaciones directas y conceptos humanos positivos para describir la realidad absolutamente trascendente de Dios, adjudicándole atributos visibles como el orden, la justicia o el amor.

Por el contrario, la palabra “apofático” viaja en la dirección opuesta. Como la teología estudia lo insondable, esta es la vía que, al nacer del griego ποφατικός (apophatikós), se adentra en el silencio. El término derivado de πόφημι (apófemi), que se traduce como «negar» o «decir no». Su estructura une el prefijo πό (apó), que denota «separación» o «privación», con el mismo verbo raíz φάναι (phánai). Esta vía, la más predominante en los místicos, sostiene que las palabras resultan insuficientes para abarcar a Dios y lo absoluto de su misterio.

Por eso, prefieren definir la realidad divina mediante la negación, recurriendo a términos que eliminan cualquier límite físico, tales como invisible, infinito o inmutable. Contrario a lo que podría pensarse, no son caminos opuestos o irreconciliables, sino más bien, mutuamente complementarios. El desafío para cualquier teólogo es descubrir y contemplar ese equilibrio.

Meditando en el fundamento insondable de la ciencia teológica

Dios, el Altísimo, es el Absolutamente Otro. Si la teología estudia lo insondable, estudia a Dios en tanto misterio, como Aquel que desborda y trasciende nuestra capacidad misma de conocer. De hecho, ni siquiera se circunscribe a la realidad física, en el sentido de limitarse a ella o identificarse con ella.

Hemos de tener siempre presente este hecho inalienable a la hora de acercarnos al quehacer teológico, pues es un acto de profunda reverencia y humildad. Es lo que de hecho plantea el teólogo y obispo Robert Barron, al cuestionar los poco sostenibles planteamientos del llamado Nuevo Ateísmo. Un error frecuente de este movimiento como de los que le preceden es el de justamente considerar a Dios como un objeto más dentro del orden contingente del universo conocido. Nada más alejado de la realidad pura y última.

Por ello, el objeto de estudio de la teología es de por sí, desafiante. Porque Dios no es un fenómeno más la realidad que podamos medir y aprehender mediante definiciones conceptuales. Si bien el universo conocido es eco y reflejo de Su presencia, el ser humano contemporáneo ha perdido notablemente la sensibilidad y la capacidad para relacionarse con Dios de manera real e íntima.

Es lo que incluso llegaron a constatar pensadores no cristianos como Martin Buber. El filósofo judío afirmó con gran lucidez que, en la Modernidad, las personas no conciben a Dios como un ser real, independiente al ser humano[2]. Tal distancia entre Dios, fundamento último de la realidad, absolutamente trascendente a la misma, y nosotros, atraviesa de extremo a extremo el quehacer del teólogo.

Si asumimos que la teología estudia lo insondable, sólo un acontecimiento pudo salvar esa distancia, y es el que constituye el objeto de la Teología católica: la Revelación de Dios en tanto autorrevelación a lo largo de la historia, las sociedades y culturas en el horizonte bíblico hasta llegar a Nuestro Señor Jesucristo. El hecho es este: Dios que se revela al ser humano, toma la iniciativa de irrumpir en la realidad que experimentamos de manera tan limitada y turbia la mayor parte del tiempo. La Revelación es en última instancia el fundamento al que vuelven todas las formas de teología en el cristianismo.

Sin Revelación de lo insondable de Dios no hay Teología

En este sentido he de recalcarlo con toda la seriedad del caso: no puede hacerse teología tomando como referencia únicamente la realidad humana. Como bien lo afirmó Santo Tomás de Aquino, la teología es una ciencia que ha recibido sus conocimientos de lo Alto[3].

No entender esto es fracasar como teólogo, y en sí, como cristiano, cualquiera que sea la denominación a la que se pertenezca. Esto se debe a que ya no se estaría hablando de teología, sino de cualquier ciencia profana que deriva sus conocimientos de la realidad contingente. Insisto: la teología estudia lo insondable. Lo contrario nos llevaría a hablar de ciencias como la antropología, la sociología o la psicología de la religión, la historia o la lingüística, pero nunca de teología.

Soy consciente de que este planteamiento toca las fibras más sensibles de la epistemología teológica. Pensémoslo de esta manera: así como la música depende de las leyes de la aritmética para tener sentido, la teología depende enteramente de los principios que Dios le comunica a través de la Revelación.

Por eso, al remover ese componente que proviene de lo Alto como lo suele hacer la Modernidad, la disciplina teológica se queda sin sus axiomas fundamentales, dejando de ser un discurso sobre Dios basado en su propia Palabra para convertirse en un esfuerzo intelectual puramente humano. A esto se debe el que grandes pensadores del siglo XX, tanto católicos como inclusive protestantes, señalaran que el gran error de la Modernidad fue precisamente el de reducir a la teología a una forma de antropología. Muchas facultades y escuelas universitarias lamentablemente han caído en esta tentación.

Lo insondable de Dios no puede ser cosificado

Cuando la teología reduce lo insondable un mero objeto natural, Dios deja de ser el Sujeto vivo que habla e interpela al ser humano, y pasa a convertirse en un mero objeto pasivo de estudio, inerte. El Altísimo es degradado a un subproducto cultural o a una simple proyección de la psique humana. La aberración no puede ser mayor.

Ni siquiera los teólogos acusados de haber cedido al modernismo teológico en las décadas previas al Concilio Vaticano II llegaron tan lejos. Por ejemplo, el teólogo Henri de Lubac, uno de los padres de la llamada Nouvelle Theologie, denunció esta corrupción de la ciencia teológica. En su célebre libro El drama del humanismo ateo, De Lubac analizó cómo los intentos de construir el conocimiento y la moral partiendo únicamente de la realidad humana, así como hicieron Feuerbach, Marx y Nietzsche, terminaron deshumanizando al propio ser humano[4].

De esta manera, confundir el método de las ciencias profanas con el de la teología destruye la identidad de esta última, ya que una disciplina que prescinde de la trascendencia puede llegar a ser una excelente sociología o psicología de la religión, pero habrá fracasado en su misión principal de transmitir el conocimiento divino encaminado a la salvación. Ahora bien, reconocer que la teología recibe sus conocimientos de lo Alto no implica que deba aislarse de la realidad contingente o despreciar las herramientas humanas. Este fue precisamente uno de los grandes esfuerzos que emprendió la teología católica tras el Concilio Vaticano II.

El detalle es que no es una iniciativa propiamente postconciliar; la tradición tomista siempre ha defendido el uso de la razón y de las ciencias auxiliares como mediaciones indispensables para comprender cómo la Palabra de Dios se encarnó en la historia y en culturas específicas. La diferencia radical y definitiva no radica en las herramientas que se utilizan, sino en el principio regulador y en la fuente de autoridad: mientras que para el antropólogo o el sociólogo el límite infranqueable es el fenómeno humano, para el teólogo el origen, el límite y el fin último es siempre la verdad revelada por Dios.

La paradoja de lo insondable en la ciencia teológica

Considerando lo anterior, he aquí la paradoja de la ciencia teológica: Dios es su objeto de estudio. Bastaría esto para aquellos que ya han transitado la vía apofática. Pero es menester ampliar más: la ciencia teológica analiza aquello que, por su propia naturaleza, es infinitamente incomprensible e imposible de abarcar por la razón humana.

Mientras que las ciencias profanas avanzan reduciendo progresivamente su campo de ignorancia mediante la experimentación y el análisis del método científico, la teología es distinta. Se encuentra ante una realidad que desborda por completo cualquier categoría lógica o conceptual humana. El teólogo no opera descubriendo misterios ocultos en la oscuridad, a la manera de un cazador de dragones o el Quijote luchando contra el molino. Más bien, se enfrenta a una sobreabundancia de luz tan cegadora que su propia inteligencia la percibe como tiniebla.

No por casualidad, el Pseudo-Dionisio Areopagita acuñó el término de la divina tiniebla, precisamente para resolver esta paradoja. Él explicó que el misterio de Dios es tan inabarcable que no se oculta por falta de claridad, sino por un exceso cegador de luz. De este modo, la teología se convierte en la única disciplina que puede decir que habla desde el silencio, utilizando analogías y un lenguaje necesariamente limitado para balbucear verdades sobre un Absoluto que siempre es infinitamente mayor que cualquier definición que podamos formular sobre Él.

Al final, esta paradoja se sostiene únicamente porque lo insondable ha querido darse a conocer desde lo Alto por pura iniciativa de la Revelación. Esto ha transformado el ejercicio teológico no en un sistema para dominar o descifrar un objeto, sino en un camino de contemplación. Uno que expande el alma y la conduce inevitablemente hacia la adoración y la unión mística. Recordar que la teología estudia lo insondable es tener presente que solo puede conocerse del absolutamente Otro aquello que Él ha revelado de sí mismo. Esto es lo que implica tratar con Dios. Desafortunadamente no todos soportan el peso de semejante misterio, de ahí la necesidad de buscar falsos atajos intelectuales y malabarismos verbales.

Los Padres de la Iglesia bien tuvieron presente que, en tanto teólogos, a Dios se le trataba de rodillas en la oración a la vez que se estudiaba su Revelación definitiva en Jesús. De hecho, y como lo planteó la Declaración Dei Verbum, Cristo es “plenitud de toda la revelación”[5]. El teólogo español Josep Rovira Belloso nos plantea por eso que la Teología es “ciencia de la revelación”, entendiendo por “ciencia” el conocimiento, la sapiencia que es fruto de una experiencia humana de Dios.

Dicha perennidad de la Revelación de Dios en Jesucristo, cuya experiencia y contenido ha sido transmitido y comprendido en variadísimas formas dentro de la Iglesia nos remite al sentido último de la realidad, de la vida y del ser humano, y es ahí adonde vuelve constantemente la Teología católica. Hemos siempre de tener presente tan sublime realidad, especialmente cuando en las últimas décadas han surgido tantas formas de teología que son todo menos teológicas. El proceso de secularización en Occidente ha hecho estragos en cuanto profanar lo que siempre ha sido y es sagrado. Nos corresponde a los teólogos reabrir los caminos catafáticos y sobre todo apofáticos para el conocimiento de lo sagrado, de lo insondable.

Referencias bibliográficas

[1] Pseudo-Dionisio Areopagita, Obras completas, trad. T. H. Martín (Madrid: BAC, 1990), 372.

[2] Martin Buber, Eclipse de Dios, trad. T. Polo (Salamanca: Sígueme, 2003), 41.

[3] Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, trad. José Martorell Capó, 4.ª ed., vol. 1 (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2001), Ia, q. 1, a. 1.

[4] Henri de Lubac, El drama del humanismo ateo, trad. Charles Moeller (Madrid: Ediciones Encuentro, 2012).

[5] Concilio Vaticano II, «Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación», en Documentos del Vaticano II, ed. Santiago Madrigal, 6.ª ed. (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2015), n. 2.